"La primavera está avanzada: en este tiempo no son de temer del océano extravagancias excesivamente frenéticas, y esperamos que nuestra solidez marinera esté a la altura de exigencias moderadas, sobre todo pensando calladamente en las pastillas Vasano en mi bolso de mano, también una manera muy humana de cubrirse uno la retirada. ¡Otra cosa sería si estuviéramos en invierno! Amigos, virtuosos itinerantes, me han contado de los ridículos sustos de travesía de ésas, a los que un día tampoco yo podré evitar tener que enfrentarme. ¿Olas? ¡Son montañas! ¡Son Gaurisankars! Está prohibido pisar la cubierta - al fastidiado Goncharov no le habrían hecho subir, se ve mejor a través del ojo de buey bien asegurado. Tú estás atado a tu lecho, subes, caes, es el complicado movimiento tambaleante de algunas diversiones torturadoras de las verbenas, que confunde las direcciones, revuelve el estómago y el cerebro. Desde una altura vertiginosa ves venir hacia ti tu lavabo, y sobre el plano inclinado alternante del camarote se deslizan en torpe danza tus maletas haciendo carambolas. Reina un espantoso, un infernal ruido, provocado en parte por lo elementos desatados en el exterior, en parte por el barco que sigue avanzando empecinado y sacudido hasta sus últimas piezas. La cosa dura tres días y tres noches; supón que ya hubieras pasado dos y éste fuera el tercero. No has comido nada durante ese tiempo; llega el momento en que tienes que acordarte de esta costumbre. Como no mueres, a pesar de estar decididamente dispuesto a ello durante cuartos de hora enteros, has de comer algo llegado un momento, y llamas al camarero, pues el timbre eléctrico funciona y el servicio del hotel de primera clase del barco se mantiene en pie en medio del hundimiento del mundo, disciplinado hasta el fin - es el delicado y muy admirable heroísmo de la civilización humana. El hombre viene, con servilleta y chaqueta blanca - no entra de cabeza, se mantiene firme en la puerta. En el escándalo infernal capta tu encargo exhausto, se va y vuelve, guardando con brazo flexible el equilibrio extremadamente amenazado de su bandeja caliente. Tiene que esperar su momento, uno determinado, en el que la situación del mundo le permite hacer aterrizar el manjar sobre tu cama describiendo un arco, si no dominado al menos calculado. El camarero aprovecha su momento, lleva a cabo lo que está en sus manos con coraje e inteligencia, y el impulso parece tener éxito. En el mismo segundo, sin embargo, ha cambiado la situación del mundo en el sentido y al efecto de que vez la bandeja boca abajo, sobre la cama de tu mujer... No es posible. "
Thomas Mann, Viaje por mar con Don Quijote, (1934), Barcelona, RqueR, 2005. ISBN 84-934047-6-4
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People´s ability to forget what they do not want to know, to overlook what is before their eyes, was seldom put to the test better than in Germany at that time. The population decided - out of sheer panic at first- to carry on as if nothing had happened. Kluge´s account of the destruction of Halberstadt begins with the story of Frau Schrader, employed at a local cinema, who gets to work with a shovel commandeered from the air raid wardens immediately after the bomb falls, hoping "to clear the rubble away before the two o´clock matinee". (...) On his return to Hamburg a few days after the air raid, Nossack describes seeing a woman cleaning the windows of a building "that stood alone an undamaged in the middle of the desert of ruins".(...) On the other hand, keeping up everyday routines regardless of disaster, from the baking of a cake to put on the coffee table to the observance of more elevated cultural rituals, is a tried and trusted method of preserving what is thought of as a healthy human reason."
W.G. Sebald, On the Natural History of Destruction, New York, Random House, 2003. ISBN 0-375-50484-2