miércoles, 26 de enero de 2011

Caminar despacio por las calles. XI

"La primavera está avanzada: en este tiempo no son de temer del océano extravagancias excesivamente frenéticas, y esperamos que nuestra solidez marinera esté a la altura de exigencias moderadas, sobre todo pensando calladamente en las pastillas Vasano en mi bolso de mano, también una manera muy humana de cubrirse uno la retirada. ¡Otra cosa sería si estuviéramos en invierno! Amigos, virtuosos itinerantes, me han contado de los ridículos sustos de travesía de ésas, a los que un día tampoco yo podré evitar tener que enfrentarme. ¿Olas? ¡Son montañas! ¡Son Gaurisankars! Está prohibido pisar la cubierta - al fastidiado Goncharov no le habrían hecho subir, se ve mejor a través del ojo de buey bien asegurado. Tú estás atado a tu lecho, subes, caes, es el complicado movimiento tambaleante de algunas diversiones torturadoras de las verbenas, que confunde las direcciones, revuelve el estómago y el cerebro. Desde una altura vertiginosa ves venir hacia ti tu lavabo, y sobre el plano inclinado alternante del camarote se deslizan en torpe danza tus maletas haciendo carambolas. Reina un espantoso, un infernal ruido, provocado en parte por lo elementos desatados en el exterior, en parte por el barco que sigue avanzando empecinado y sacudido hasta sus últimas piezas. La cosa dura tres días y tres noches; supón que ya hubieras pasado dos y éste fuera el tercero. No has comido nada durante ese tiempo; llega el momento en que tienes que acordarte de esta costumbre. Como no mueres, a pesar de estar decididamente dispuesto a ello durante cuartos de hora enteros, has de comer algo llegado un momento, y llamas al camarero, pues el timbre eléctrico funciona y el servicio del hotel de primera clase del barco se mantiene en pie en medio del hundimiento del mundo, disciplinado hasta el fin - es el delicado y muy admirable heroísmo de la civilización humana. El hombre viene, con servilleta y chaqueta blanca - no entra de cabeza, se mantiene firme en la puerta. En el escándalo infernal capta tu encargo exhausto, se va y vuelve, guardando con brazo flexible el equilibrio extremadamente amenazado de su bandeja caliente. Tiene que esperar su momento, uno determinado, en el que la situación del mundo le permite hacer aterrizar el manjar sobre tu cama describiendo un arco, si no dominado al menos calculado. El camarero aprovecha su momento, lleva a cabo lo que está en sus manos con coraje e inteligencia, y el impulso parece tener éxito. En el mismo segundo, sin embargo, ha cambiado la situación del mundo en el sentido y al efecto de que vez la bandeja boca abajo, sobre la cama de tu mujer... No es posible. "

Thomas Mann, Viaje por mar con Don Quijote, (1934), Barcelona, RqueR, 2005. ISBN 84-934047-6-4

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" All over Germany, one way or another, news of the horrors of the destruction of Hamburg must have been spread by distraught refugees vacillating between a hysterical will to survive and leaden apathy. Reck´s diary at least makes it clear that in spite of the news blackout suppressing all detailed information, it was not impossible to know how horribly the cities of Germany were being destroyed. A year later Reck describes ten of thousands camping out around the Maximilianplatz after the latest major raid on Munich. He writes: "On the nearby main road an endless stream of refugees is moving, frail old women with bundles containing their last possessions carried on sticks over their backs. Poor homeless people with burnt clothing, their eyes reflecting the horror of the firestorm, the explosions blowing everything to bits, burial in the rubble or the ignominy of suffocating in a cellar." The remarkable aspect of such accounts is their rarity. Indeed, it seems that no German writer, with the sole exception of Nossack, was ready or able to put any concrete facts down on paper about the progress and repercussions of this gigantic, long-term campaign of destruction. It was the same when the war was over. The quasi-natural reflex, engendered by feelings of shame an wish to defy the victors, was to keep quiet and look the other way. Stig Dagerman, reporting from Germany in the autumn of 1946 for the Swedish newspaper Expressen, writes from Hamburg that on a train going at normal speed it took him a quarter of an hour to travel through the lunar landscape between Hasselbrook and Landwerh, and in all that vast wilderness, perhaps the most horrifying expanse of ruins in the whole of Europe, he did not see a single living soul. The train, writes Dagerman, was crammed full, like all trains in Germany, but no one looked out of the windows, and he was identified as a foreigner himself because he looked out. (...)

People´s ability to forget what they do not want to know, to overlook what is before their eyes, was seldom put to the test better than in Germany at that time. The population decided - out of sheer panic at first- to carry on as if nothing had happened. Kluge´s account of the destruction of Halberstadt begins with the story of Frau Schrader, employed at a local cinema, who gets to work with a shovel commandeered from the air raid wardens immediately after the bomb falls, hoping "to clear the rubble away before the two o´clock matinee". (...) On his return to Hamburg a few days after the air raid, Nossack describes seeing a woman cleaning the windows of a building "that stood alone an undamaged in the middle of the desert of ruins".(...) On the other hand, keeping up everyday routines regardless of disaster, from the baking of a cake to put on the coffee table to the observance of more elevated cultural rituals, is a tried and trusted method of preserving what is thought of as a healthy human reason." 

W.G. Sebald, On the Natural History of Destruction, New York, Random House, 2003. ISBN 0-375-50484-2

jueves, 30 de diciembre de 2010

Caminar despacio por las calles. X

" Los pensamientos humanos son como cuartos. Entre ellos hay salas lujosas y cuartuchos saturados. Los hay soleados y sombríos. Algunos dan al río y al cielo, otros al traspatio o al sótano. Las palabras en ellos semejan cosas y pueden ser cambiadas de un cuarto a otro. Los pensamientos dentro de nosotros en realidad, esas habitaciones de nuestro interior, agrupadas en palacios o cuarteles, pueden ser moradas de otros donde uno resulta ser sólo un inquilino. A veces, sobre todo de noche, encontraos que las salidas de esos aposentos están cerradas con llave y no podemos abandonarlos. Estamos encerrados como en un calabozo hasta que nuestros sueños nos liberan y nos dejan salir. Pero los sueños son como los invitados de una boda, hay que esperarlos. Mientras tanto, reina el insomnio. Dicen que existen dos insomnios, como dos hermanas. El de antes de dormirse y el otro, después de despertar en plena noche. El primero es madre de la mentira, el otro es madre de la verdad. 

Desde que vivo solo el insomnio me atormenta cada vez más a menudo y yo lo resisto con un método que desarrollé con mucho afán. Todo ocurre en la cama y en mi mente. Y todo, de alguna manera, está relacionado con mi profesión de experto de decoración de interiores. Primero selecciono una casa en la ciudad que mejor me sirva para estos propósitos. Alguna construida con paja de avena que impide que las energías maléficas del inframundo suban hasta los aposentos. Al ubicar una casa con esas características empiezo a amueblarla y a arreglarla cada noche en mi mente. A llenarla de muebles de mi invención. Pero yo no arreglo esa casa motivado sólo por el deseo de que luzca bien. Yo la estoy acondicionando para una persona en particular. Para JM. Y exclusivamente para las necesidades de esa persona. 
Todo empezó así.
Durante mis paseos por las tardes escogí un pequeño palacio e indagué todo lo que se podía sobre su origen. Está en el mismo principio de la calle Kraljevica Marka que sube curvada desde el muelle del Sava hacia Zeleni Venac rompiendo el viento. Su fachada está llena de bonitas ventanas divididas en cruz que hoy en día ya no se hacen.  (...)
Durante mis insomnios en vez de contar cuántas veces en la vida compré zapatos bonitos que no me quedaban bien, decidí poblar y amueblar la casa de Luka Chelovich. Sabía que esta casa le gustaba a JM y eso fue decisivo para mi elección. JM tenía un profundo sentido de "zonas" con energía positiva, como de otras también. La parte entre la Catedral y el río Sava era para ella una "zona" indiscutiblemente preciosa. Allí, en la cuesta que baja al Sava el invierno huele a otoño y la primavera a invierno, y JM consideraba que al entrar en esa zona empezaba a llevar su verdadero nombre. Apenas salía de dicha "zona" se llamaba de otra manera, era otra persona. Es decir, la elección cayó sobre la casa familiar de Luka Chelovich que estaba en esa "zona". 
Al entrar en ese edificio en mi memoria susurré como un embrujo en cada una de sus habitaciones una de las diecisiete letras del nombre de JM.
Ahora puedo decir que en ese entonces ya tenía bien avanzados ciertos preparativos de particular índole. Durante el tiempo que pude observar a JM a diario notaba los movimientos en sus brazos y sus manos delicadas, su manera de andar y peinarse, la postura de su cuello y de los hermosos hombros y muslos, el movimiento de sus pechos al sentarse, los giros del cuerpo, el papel de sus piernas ovilladas en el sillón o corriendo, la vuelta de su cabeza detenida al oír, mucho antes que el resto de nosotros, el rugido del avión que traía las bombas...Luego compuse un pequeño "diccionario de movimientos" de JM. Para cada uno de ellos establecí un signo. Fue particularmente difícil crear signos para sus irrepetibles pasos de danza. Siempre bailaba sola, ni siquiera conmigo bailaba jamás, pero esa danza era lo más hermoso en ella. En  mi diccionario había signos parecidos a los usados por expertos rusos de ballet de principios del siglo pasado, como Nizhinski por ejemplo, para marcar sus partituras. Los puse en el diccionario para una fácil localización. Era como un catálogo de movimientos; como un alfabeto secreto. Algo semejante al teclado de la computadora desde el cual se controlan saltos, carreras, nado o giros de héroes de videojuegos para adultos que JM y yo solíamos llamar "novelas sin palabras". Para provocar dichas actividades inventaba distintos tipos de muebles, porque cada pieza de menaje preveía otro movimiento de JM: abrir una puerta, sacar un cajón, bajar la tabla del escritorio. "

Milorad Pavic, "La jaula blanca de Túnez en forma de Pagoda (Ocurre en la casa de Luka Chelovich, calle Kraljevica Marka, número 1)", en Siete pecados capitales, México, Sexto Piso, 2003. ISBN 9-789685-679114

martes, 14 de diciembre de 2010

Quim Monzó: "Blanca Navidad"

" Al principio todo iba normal, si por normal se entiende que un ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, como las que a veces se escapan por las costuras de los edredones, bajara hasta la casa de María y, allí, en el atrio de columnas románicas - eso sí que resultaba extraño: columnas románicas en Nazaret - le anunciara la buena nueva. Pero, en efecto, todo iba exactamente de esa forma: el ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, con ojos almendrados entre el azul, el verde y el rosa, y de una belleza, más que inenarrable, asexuada, descendió hasta la casa de María - una casa humilde pero limpia y muy cuidada, y con tiestos de geranios a lo largo del atrio de columnas, románicas tal como hemos dicho - para anunciarle la buena nueva: que era llena de gracia y bendecida entre todas las mujeres. María se quedó boquiabierta. El arcángel, viendo la turbación de la mujer, comprendió que el aparato escénico había sido realmente impresionante; quizás se les había ido un poco la mano. Para tranquilizarla le dijo que no tenía por qué tener miedo, que simplemente había venido a anunciarle que tendría un hijo al que llamaría Jesús. La mujer - ¿cómo no? - aceptó la noticia de buen grado y el arcángel desapareció en un santiamén, con el mismo desparpajo con el que había aparecido. Horas más tarde, cuando su marido, José, volvió del taller - era carpintero-, María le explicó lo sucedido. José se quedó de pasta de boniato.

También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando las riendas. Lo que - como las columnas románicas - tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacía y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciera perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera...Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina.

Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron en un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con un halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales - afortunadamente María había previsto recambios - los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
- ¿Estas segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?

José no entendía que había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretensiosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso había hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenía que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
- El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.

No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre.

Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento - cavilaba José - todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravezaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. ERa la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar - hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones- reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.

¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua - dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres - , era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad - calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas - se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba en que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar."

Quim Monzó, Tres Navidades, Barcelona, Acantilado, 2003. ISBN 84-96136-32-9 

viernes, 10 de diciembre de 2010

Caminar despacio por las calles. IX

"Tenía que ir a la isla para depositar aquella corona de flores secas en la tumba de Anna. Un pálido redondel erizado de tallos y de espigas que una de las viejas de Mirnoie había tejido durante varias semanas. 
Para mí, aquella travesía del lago bajo la lluvia reflejaba perfectamente la absurdidad de la existencia que llevaba Vera. Absurdo también mi deseo, inesperado para mí mismo, de acompañarla: estaba preparando el equipaje, la vi pasar por la calle, la llamé desde la ventana y le pregunté, sin saber por qué, si podía acompañarla. Y, para colmo de estupidez, en virtud de una chulería de macho, exigí remar solo, de pie como un gondolero de opereta. Vera quiso objetar (el viento, la caprichosa pesadez de la barca...), pero al final me dejó.
El viento era inestable, la proa de la barca bailaba a derecha e izquierda, y se hundía, sin despegarse del espesor del agua donde el remo se sumergía como en algodón mojado. Para mantener las apariencias, yo simulaba agilidad, ocultaba el esfuerzo, los brazos muy pronto entumecidos, las sienes encogidas, los ojos empapados de sudor. La mujer que tenía sentada frente a mí, con la fea y seca coronita en las rodillas, resultaba insoportable a la vista. Formalmente sentada, insensible a la lluvia, al viento, a su vida malograda, a aquel día perdido en una expedición decidida por el fúnebre capricho de alguna vieja medio loca. Yo miraba aquel rostro inclinado, sumido en ensoñaciones que se adivinaban desvaídas a fuerza de volver a ellas a diario desde hacia treinta años, ensueños o tal vez el vacío, gris, uniforme como aquellas aguas, aquellas orillas difuminadas en el aire cargado de gotas. "Una mujer que han convertido en un monumento abulante a los muertos. Una novia inmolada en la hoguera de la fidelidad. Una Andrómaca campesina..."Las fórmulas envenenaban conforme mi esfuerzo resultaba más agotador. En un momento dado tuve la impresión de que la barca había dejado de avanzar, pegada en el viscoso espesor de las olas. Vera alzó levemente el rostro, me sonrió, pareció ir a hablar, y mudó de parecer. "!La tonta del pueblo! Eso mismo. Un ídolo de madera que esos paletos han clavado en la entrada de su campamento para desviar los rayos de la fatalidad. Una víctima propiciatoria ofrecida a la Historia. Un icono a la sombra del cual esos pobres koljosianos han podido fornicar, delatar, robar, emborracharse..."

Agotado de luchar contra el viento, acabé agitando el remo más bien maquinalmente, sin convicción. El contorno panzudo de la iglesia parecía igual de lejano. "Bien habrán tenido que dejar marchar a la pobre Vera, hasta que se sacase el título de maestra en alguna ciudad cercana. Sin duda el único gran viaje de su vida. Su apertura al mundo. Y luego, hale, al redil, a su atalaya en el banco, delante de la puerta, con la oreja eternamente tendida: ¿y si era el ruido de las botas de un soldado? Una coronita seca en la tumba de Anna, sí, precioso, querida mía, pero ¿quién pondrá flores en tu tumba? Las viejas se morirán, y tú no tendrás otra Vera que cuide de ti..." (...)

¿Y por qué no despertarla? Dejar de remar, acurrucarme ante ella, apretarle las manos, sacudírselas o, mejor, besar sus manos transidas. "Duerme en una especie de muerte anticipada, en medio del tiempo que suspendió a los dieciséis años, caminando como una sonámbula en medio de aquellas ancianas que le recuerdan la guerra y la marcha de su soldado...Vive una postvida, los muertos deben de ver lo que ella ve..."
Tocamos suavemente la orilla de la isla. Salté a tierra, tiré de la proa de la barca en la arena, ayudé a Vera a bajar. El pensar que aquella mujer vivía lo que no nos corresponde vivir hasta después de la muerte transmitió de pronto un sentido a su vida, que se me había antojado tan absurda. Un sentido que se traslucía en cada paso, en cada gesto. (...) 
De pronto comprendi que así era como ella vivía su postvida. Un lento viaje, sin meta aparente pero marcado por un sentido simple y profundo. La barca atracó a ciegas, en el lugar exacto de donde habíamos partido. "

Andreï Makine, La mujer que esperaba, Barcelona, Tusquets, 2006. ISBN84-8310-344-3

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martes, 30 de noviembre de 2010

Etgar Keret: "ROMPER EL CERDITO"


"Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre si quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.
-¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? - le dijo a mi madre -. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.
Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante. 
Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de chocolate, aunque lo odio. El chocolate con leche es un shekel; sin leche, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí es educar. 

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa. 
- !Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! - le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje. Me encanta cuando sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje. Me encanta cuando sonríe; es sólo por el que me tomo el chocolate con leche todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca. 
Midiendo la chancha, Francisco Toledo. Foto: Johanna Lozoya
- Te quiero, Pesajson - le digo después -, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. !Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.
- Cuidado, papá - le dije -, a Pesajson le va a doler la panza- pero mi padre siguió como si nada.
-No hace ruido, ¿sabes que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta. 
- !Qué bien, papá! - le dije -. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal. 
Papá dejó Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra. 
- ¿Ves cómo yo tenía razón? - le dijo a mi madre -, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?
- Pues claro - le respondí -, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?
- Es para ti - dijo mi padre mientras me lo entregaba -, pero ten cuidado.
- Pues claro que lo voy a tener - le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:
- !Venga, rompe el cerdito de una vez!
- ¿Qué? - exclamé yo -. ¿Romper a Pesajson?
- Si, si, a Pesajson - insistió mi padre - . Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.
Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado a su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?
- No quiero un Bart Simpson - dije, y le devolví el martillo a mi padre -, me basta con Pesajson.
- No lo has entendido - me aclaró entonces mi padre-, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mi, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir. 
- Papá - le dije sujetándolo de la pernera. 
- ¿Qué pasa, Yoavi? - me respondió con el martillo todavía en alto.
- Quiero un shekel más, por favor - le supliqué -, deja que le eche otro shekel, mañana, después del chocolate, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo. 
- ¿Otro shekel? - sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa -. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia. 
- Eso, sí, conciencia - le dije -, mañana.- Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.
Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.
Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.
- No te preocupes - le susurré al oído-, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería. Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas. 
- A los cerdos les encantan los campos - le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo-, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí. 
Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el morro como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme. "

Etgar Keret, Extrañando a Kissinger, traducción Ana María Bejarano, México, Sexto Piso, 2009. ISBN 978-607-7781-004

jueves, 25 de noviembre de 2010

Hugo Hiriart: "DONDE SE PLANTEA UNA CUESTIÓN, Y SENTENCIA QUE FUE DADA EN ALEJANDRÍA"

"Este cuento, como dijimos, es de autor anónimo y fue escrito en Florencia a fines del siglo XIII. Me parece que su tema tiene mucho qué ver con la imaginación. 

En la Alejandría que está en Rumania (ya que hay 12 Alejandrías), fundada por Alejandro en marzo, antes de que muriese, en el barrio donde están los sarracenos y venden sus fritangas, un día lunes, un cocinero mahometano, que tenía por nombre Fabratto, se hallaba en su cocina cuando llegó un pobre sarraceno con un pan en la mano. No tenía dinero para comprar nada y puso su pan encima del caldero para que recibiera el humo que de ahí salía. Lleno de deleite mordía el pan ahumado por el humo del manjar que estaba cocinándose en el caldero, y así lo comió todo. Este Fabratto no había vendido bastante por la mañana, túvolo por mal agüero, y con disgusto atrapó al pobre sarraceno y le dijo: 
- Págame lo que has tomado de lo mío.
El pobre respondió: 
- No he tomado de tu manjar otra cosa que humo.
- De lo que cogiste, págame - vociferaba Fabratto.

Identidad de la imagen, 1998. Manuel Felguérez
Tanta fue la disputa que, por no haber ocurrido nunca antes un pleito de esta naturaleza, llegó al Soldán. Éste, por la mucha novedad del caso, reunió a los sabios. Se trabó pleito. Los sabios sarracenos comenzaron a sutilizar. Uno sostenía que el humo no era del cocinero y aducía que: el humo no se puede retener, se convierte en olor que carece de sustancia y de propiedad alguna que sea útil, y no debe, pues, pagarse. Otro decía que el humo está unido al manjar; de él depende y se genera de sus propiedades, el cocinero vende su mercancía, si se toma el humo se debe, pues, pagar. Hubo muchos pareceres. Finalmente un sabio impuso su consejo diciendo:
- Puesto que el cocinero está para vender su mercancía y el otro para comprarla, tú, justo señor, haz que pague justamente su valor. Si cuando el cocinero vende una útil propiedad del manjar, se le paga con útil moneda, ahora que ha vendido humo, que es la parte inútil de la cocina, haz, señor, sonar una moneda, y juzga que tenga por pago el sonido que de ella sale. 
Y así sentenció el Soldán que fuese observado.

¿No te recuerda esto a la imaginación?"

Hugo Hiriart, Los dientes eran el piano. Un estudio sobre arte e imaginación, México, Tusquets, 1999. ISBN 968772383-1

domingo, 21 de noviembre de 2010

Caminar despacio por las calles. VIII

"Salimos, el viento de regreso nos daba por detrás, nos pezcaba del cogote, nos propinaba alguna patada. Una ola mayor nos salpicó y me entró la alegría de correr durante unos pasos. Don Gaetano se sujetaba en la cabeza la boina empapada. Estábamos solos, `o vient ´había encerrado a la ciudad en casa. Me la imaginé abandonada, con las personas que habían huido, dejando las puertas abiertas y las ollas en el fuego. Podía entrar en todos los edificios, sentarme en el sillón del obispo y del alcalde, vivir en el palacio real, subir a los barcos. También los americanos habían desaparecido, dejando el portaviones vacío en medio del puerto. La idea me hacía cosquillas en la nariz. Duró hasta que los vi venir contra el viento cara a nosotros. Corrían en grupo, con camiseta, pantalones cortos y tenis deportivos. Nosotros somos muy abrigados y ellos medio desnudos: habían desaparecido los ciudadanos, habían desembarcado los marcianos. Don Gaetano y yo nos miramos los pies para saber si estábamos en el suelo o por el aire. Correr para nosotros era un verbo serio. 
Uno de nosotros echaba a correr para escapar de un terremoto, de un bombardeo. Correr sin ser perseguidos era como hervir agua sin tener la pasta. Nos pasaron por delante concentrados en sus movimientos, resoplando contra el viento. 
- No puede ser de verdad, don Gaetano, ésta es una alucinación debida al café hirviendo.
- Vaya si existen. Son el último pueblo inventado por el mundo, el último en llegar. Saben hacer la guerra y los automóviles. Es un pueblo de niños engrandecidos. Si les preguntas dónde se encuentran, contestan que lejos de casa. Existen. Para ellos, somos nosotros los inexistentes. Se cruzan con nosotros, nos pasan por delante y no nos ven. Viven aquí y ni siquiera ven el volcán. He leído en el periódico que un marinero americano se ha caído en la boca del Vesubio. No es nada raro, no lo había visto. 

Dejamos el paseo marítimo, entre los callejones reapareció nuestra multitud, tupida y despistada. Los viejos se movían inseguros, en busca de apoyo, los niños abrían los brazos para dejarse arrastrar por los golpes del viento. No había ropa tendida, retirada para no perderla dentro de las ráfagas. Sin sábanas colgadas se veía en lo alto el cielo jaspeado de nubes hinchadas, aromáticas como las empanadas fritas. 
- ¿Tienes hambre? - me preguntó don Gaetano, echando un ojo hacia lo alto. 
Había oído mis pensamientos sobre la nube.
- Culpa de ellas, están fritas por vocación. 

Era el día de la convalecencia de la felicidad. Don Gaetano y `o vient ´ habían cargado con el cometido de hacerme digerir el domingo. Lo estaban consiguiendo. Así supe de la felicidad que ha de olvidarse al día siguiente. No pensaba en Anna. Las magulladuras del cuerpo bastaban para dar cuenta del paso radiante de la felicidad. "

Erri de Luca, El día antes de la felicidad, traducción de Carlos Gumpert, México, Sexto Piso, 2010. ISBN 978-607778104-2

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"La felicidad es un "regalo". Tiene un antes y un después, posibles de identificar si se presta atención a la multiplicidad de signos en los que se revela su nombre. Descifrar su llegada constituye un verdadero arte. Don Gaetano, portero de un edificio en la Nápoles de los años cincuenta, tiene el don de escuchar los pensamientos de las personas. Será él quien, a través de sus historias sobre la crudeza de la guerra y el heroísmo del pueblo napolitano, inicie en este arte al narrador de la novela, un joven huérfano de dieciocho años. 

Erri de Luca nació en Nápoles en 1950. A los dieciocho años ingresó a las filas de Lotta Continua, movimiento político de izquierda del que fue dirigente en los años setenta. Luego de desempeñar distintos oficios - camionero, obrero, albañil -, se inclinó por la escritura, constituyéndose como uno de los autores italianos más importantes en la actualidad. El día antes de la felicidad es uno de sus más recientes trabajos. "

Editorial, Sexto Piso